YBJ
para Yara B Joude (S.A.R.L).
Yara B Joude (S.A.R.L) es una sociedad marroquí fundada por Malika Bouchama y Mustapha Bazzoun, autorizada para gestionar, explotar, rehabilitar y ceder bienes hoteleros y turísticos: riads, hoteles, residencias, pueblos vacacionales, clubes deportivos, cafés. En el centro de su actividad, «Chez LAJWAD», un alojamiento ecoturístico enclavado en la región de Dakhla, al borde del Sáhara. El proyecto reúne doce jaimas bereberes, un ecolodge construido con materiales locales, una cocina saharaui y travesías a camello en pleno desierto. Una respuesta a la escasez de oferta ecoturística en la región y una invitación a escuchar el silencio, ese que la cultura beduina sabe habitar desde hace milenios.
El desierto es bello porque no miente.
Hay que abordarlo con respeto.
— THÉODORE MONOD (1902–2000)
El encargo era sencillo: diseñar un logotipo para Yara B Joude (S.A.R.L), sociedad marroquí fundada en Dakhla por Malika Bouchama y Mustapha Bazzoun. La investigación, en cambio, pedía algo más hondo: comprender el territorio, su cultura, la filosofía de un proyecto que sitúa el desierto en el centro de su identidad. La región de Dakhla, en el extremo sur del Reino, no es un decorado más: es un umbral. Entre el Atlántico y el Sáhara, entre lo urbano y el silencio, entre la tradición sahariana y una modernidad aún por inventar.
La invitación que lanza «Chez LAJWAD» —el alojamiento ecoturístico en el centro del proyecto— no es la de un hotel. Es la de una actitud. El naturalista Théodore Monod, que pasó la vida recorriendo el Sáhara, lo escribió así: «El desierto es bello, no miente, es limpio. Por eso hay que abordarlo con respeto». Esas palabras guiaron el proyecto. El logotipo debía llevar el mismo rigor: limpio, sin ornamento superfluo, elemental en su estructura. Pero también debía dar testimonio de la belleza que a veces brota de la propia desnudez. Una flor en la piedra. Una geometría en la arena.
Pasa el cursor o toca la estrella
El motivo central de la identidad se tomó prestado de una sola planta: la Austrocylindropuntia subulata, más conocida como «cactus aguja de Eva». Originaria de los altiplanos andinos, ha colonizado Marruecos con una discreción notable. Crece donde no crece nada más. En sus extremos brota una flor de un rojo casi incongruente, intensa frente al rigor del paisaje que la rodea. Esa doble naturaleza —la austeridad de la estructura, la intensidad del detalle— encarna precisamente lo que Chez LAJWAD busca ofrecer: el encuentro entre la ascesis del desierto y la generosidad de un destello.
La exploración geométrica se inspira luego en el vocabulario de la arquitectura marroquí e islámica: la repetición, la simetría, el tejido de líneas que se entrelazan hasta formar un motivo único. Los zellige de las medinas, los mocárabes de los palacios, las celosías de los moucharabiehs: sistemas ornamentales que comparten una misma regla —la belleza nace de la restricción—. Cada línea supone otra. Cada vacío lo sostiene una presencia. El logotipo, al final, no es ni una planta ni un motivo arquitectónico. Es lo que ambos cuentan juntos: la paciencia de una flor y el rigor de un cálculo.
En proceso – tres exploraciones geométricas
La identidad final es un ejercicio tipográfico. Las tres iniciales —Y, B, J— se componen en un solo trazo, a medio camino entre el monograma occidental y la tughra otomana, esa firma caligráfica en la que varias letras se anudan hasta formar una sola figura. El gesto no imita la escritura árabe: le toma prestada la gramática. El contraste entre trazos gruesos y finos, la línea continua de un cálamo, los diacríticos en forma de rombo… todos son elementos de la tradición caligráfica magrebí, sin que aparezca en la página una sola letra árabe.
Tres letras latinas, pues, dibujadas en la lengua de otra escritura. La Y aporta el gesto de entrada, la B se encaja en el centro, la J prolonga su asta como el descendente de una ج o una ر. El resultado no es ni una palabra ni una sigla en el sentido clásico: es una firma visual, un trazo único que condensa la identidad de Yara B Joude en el rigor de un gesto caligráfico. Lo que la flor no pudo ser, lo fue el trazo: el encuentro entre dos mundos gráficos, sin que ninguno borre al otro.
El desierto.
La flor.
La identidad.